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viernes, 27 de febrero de 2015

La música de los árboles en discos de troncos de madera.

Bartholomäus Traubeck, trasladó a sonido la edad de un árbol.
Traubeck colocó en un viejo tocadiscos una cámara de Playstation Eye para analizar y almacenar los datos de los anillos del tronco: resistencia, grosor y tasa de crecimiento, y con el software Ableton Live tradujo esa información en sonido, eligiendo al piano como instrumento.

Years traduce los anillos de madera en sonido y aunque el árbol no es musical, el resultado de esa transformación es increíblemente asombroso.




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Experimento ruso del sueño.


Somos ustedes. Somos la locura que está encerrada en todos ustedes, rogando por libertad en cada momento de tu vida, desde lo más profundo de tu mente animal.
Somos aquello de lo que te escondes en tu cama todas las noches.
Somos lo que duermes y silencias y paralizas cuando te vas a tu cielo nocturno, donde no te podemos alcanzar.


A fines de los años 40, cuando aún la Unión Soviética era gobernada por el puño de acero de Stalin, un grupo de científicos rusos decidió llevar a cabo un experimento en que, a base de un gas estimulante, se mantendrían despiertos a cinco sujetos por un periodo de quince días.

Primeramente los cinco individuos fueron conducidos a un entorno cerrado a fin de que se pudiese monitorear el empleo de oxígeno, ya que el gas estimulante resultaba letal en elevadas concentraciones. A fin de observar cuidadosamente a los sujetos del experimento, y ya que en ese entonces todavía no existía el sistema de “circuito cerrado” con cámaras de vigilancia, se emplearon micrófonos y unas ventanas con vidrios de 5 pulgadas de espesor. Por otro lado, la habitación del experimento contaba con libros, mantas para dormir cómodamente (aunque sin camas), agua corriente, un baño y provisiones alimenticias que alcanzaban para que todos los cinco sujetos sobreviviesen un mes entero.

Pero… ¿qué habían hecho los sujetos del experimento para estar allí? Estos eran prisioneros políticos y militares enemigos capturados durante la Segunda Guerra Mundial. Stalin había dicho una vez que “la violencia es el único medio de lucha, y la sangre el carburante de la historia” y, en concordancia con esa manera de pensar, miles de individuos habían sido torturados, enviados a trabajos forzados en Siberia, o asesinados con un tiro en la nuca. Pero el destino de estos prisioneros sería aún peor…

Durante los primeros cinco días todo estuvo relativamente bien y pocas eran las quejas, en gran parte porque los habían engañado, prometiéndoles la libertad si se sometían a la sencilla prueba de no dormir por 15 días. Curiosamente y ya en ese breve intervalo inicial de 5 días, los investigadores notaron que, mientras más tiempo pasaba, los sujetos se mostraban más propensos a hablar sobre eventos traumáticos de su pasado.

El primer punto de inflexión vino después de los 5 días iniciales, pues los sujetos comenzaron a quejarse de los hechos que, según ellos, los habían conducido a terminar en el experimento. Sus miradas ya no eran las mismas, sus gestos y actitudes denotaban el inicio de la paranoia.
La camaradería de los días pasados se resquebrajó y dio paso a cinco individuos desconfiados, que ya no hablaban entre sí y que murmuraban alternativamente en los micrófonos, tratando de no ser vistos por sus compañeros y evidenciando que pretendían ganarse la confianza de sus captores al traicionar a sus camaradas. En opinión de los científicos, los cambios conductuales de los sujetos eran un efecto del gas y la privación de sueño.

Ya en el noveno día, uno de los sujetos de prueba comenzó a correr como loco por toda la habitación, gritando y gritando sin parar…

Así estuvo unas tres horas, en un espectáculo atroz donde su voz, como consecuencia del desgaste de las cuerdas vocales, estaba cada vez más ronca; además, naturalmente el hombre cayó algunas veces, pero siempre se volvía a levantar, pese a que estaba bañado en sudor y hasta llegó a escupir sangre antes de no poder dar más que gritos ocasionales y, finalmente, caer presa del silencio, ya que sus cuerdas vocales estaban destrozadas…

En cuanto a los compañeros del sujeto que gritaba, mostraron inicialmente una escalofriante indiferencia: seguían murmurando en los micrófonos, encerrados en sí mismos. Sin embargo, cuando un segundo sujeto se puso a correr y a gritar como el primero, dos de los tres que no gritaban agarraron algunos libros, les comenzaron a arrancar páginas, defecaron, las cubrieron con sus heces y las empezaron a pegar en las ventanas de la habitación, tras lo cual dejaron de correr los dos que corrían y, el que aún gritaba (el otro ya no podía, se había destrozado las cuerdas vocales), dejó de gritar. También, a raíz de eso nadie volvió a murmurar en los micrófonos.


Tres días después de lo sucedido con las ventanas, los investigadores quisieron revisar los micrófonos a ver si todavía funcionaban; puesto que, desde lo sucedido con las ventanas, no se había escuchado ninguna palabra o ruido en los micrófonos, pese a que el consumo de oxígeno indicaba que los sujetos vivían y, además, era un nivel de consumo propio de quienes realizan ejercicios extenuantes…

Llegado el día 14, la preocupación por el estado de los voluntarios era muy grande y los científicos hicieron algo que inicialmente no pensaban hacer puesto que podía alterar el curso del experimento: trataron de llamar la atención de los sujetos de prueba. Para ese fin, emplearon un intercomunicador que hasta el momento había pasado desapercibido por los cinco prisioneros, quienes en ese momento escucharon una voz fría y autoritaria que les decía: “Abriremos el cuarto para comprobar el estado de los micrófonos. Aléjense de las puertas y acuéstense con las manos atrás en el suelo o se les disparará. A uno de ustedes se le otorgará la libertad si obedecen”. Entonces, desde uno de los micrófonos, una voz dijo, en tono terminante y sin encontrar oposición en otras voces, algo que dejó atónitos a los investigadores: “No queremos ser liberados”

Lo antes descrito suscitó gran debate entre los científicos y los militares responsables del proyecto. Se intentó varias veces y en vano comunicarse de nuevo con los sujetos, pero estos no dijeron palabra alguna ante lo escuchado desde el intercomunicador. Así pues, al anochecer del día 15 se decidió abrir la puerta de la habitación y ver lo que por días cubrieron aquellas páginas arrancadas y llenas de excremento que, como viles trofeos de la miseria humana, tapaban los gruesos cristales del maldito recinto.

Antes de entrar, los investigadores extrajeron el gas de la habitación y empezaron a mandar aire fresco, pero entonces comenzaron a escucharse montones de quejas en los micrófonos. Eran tres voces que, rogando en nombre de sus seres queridos, pedían que volvieran a mandarles más gas estimulante. Sin embargo, el suministro de gas no se repuso y, cuando por fin abrieron la puerta, los sujetos de prueba vociferaron, con excepción del que tenía dañadas las cuerdas vocales (éste fue uno de los cuatro supervivientes), los alaridos más fuertes y espantosos que jamás habían escuchado en toda su vida aquellos aterrorizados soldados.
Y es que nada, ni siquiera las balas zumbando en el campo de batalla o los cadáveres regados por las calles de Stalingrado que uno de los presentes había visto: nada se equiparaba al horror dantesco que tenían en frente…

Gran parte de la comida, que habría bastado para los últimos cinco días del suplicio, no había sido tocada en lo más mínimo. Todo el suelo estaba cubierto de una repugnante mezcla de sangre, agua, heces, orina, ya que el hueco de drenaje, que estaba en el centro de la habitación, había sido tapado con trozos de carne de las costillas y pantorrillas del sujeto muerto, cuyo cadáver yacía arrimado en la esquina izquierda del fondo, con la boca abierta, la cabeza ladeada, y la mirada inerte, aunque con un inusual gesto que parecía congelar la experiencia inefable de quien ha alcanzado la escabrosa cima del tormento.


En cuanto a los supervivientes, estaban en tales condiciones que habrían hecho parecer criaturas de aspecto afable a los zombis: se notaba que se habían arrancado pedazos de piel y carne con sus propias manos, ya que las puntas de sus dedos estaban destrozadas, y el hueso estaba expuesto en zonas donde no habrían podido sacar carne con sus propios dientes.

Por otra parte, a más de las heridas provocadas por la carne y la piel que se habían arrancado, todos tenían muchas otras lesiones, la mayoría de ellas autoinfligidas. Y en cuanto al daño causado por la carne que se habían arrancado a sí mismos, era algo tan atroz que, debido principalmente a toda la cantidad de músculo intercostal que ya no tenían, podían vérseles los órganos internos, ya que desafortunadamente no habían comprometido suficientemente a sus órganos vitales como para perecer, excepto aquel que ahora reposaba muerto en la esquina, pues le faltaba aproximadamente medio hígado…

Tenían los intestinos expuestos, palpitando por la comida que habían ingerido recientemente, y que no era el atún ni nada que contuvieran las latas en conserva que les dejaron para alimentarse decentemente, sino su propia carne.

Pese a que la mayoría de los soldados que entraron a la habitación o vieron lo que había en ella eran de las Fuerzas Especiales, ninguno quiso volver a entrar, y uno de ellos se puso a llorar como si hubiese visto a su madre cortada en trocitos… En cuanto a los cuatro supervivientes, todos pedían con desesperación que les dieran gas. “¡No quiero dormir, no quiero dormir!”, gritaba uno de ellos con la voz empañada en llanto y desesperación, tal y como quien, ante la amenaza de ser ejecutado, grita histéricamente “¡no quiero morir, no quiero morir!”.
Y es que todos querían estar despiertos: esa era su adicción, eso era lo único que importaba. La dignidad, la esperanza, las memorias del pasado, todo se había hundido, el sentido de la vida se había reducido a la persecución desesperada de mantener los ojos abiertos, y el cerebro activo, no ya para pensar la realidad u orientarse en ésta, sino porque, la sensación de vitalidad propia de estar bien despierto, había pasado a tener el valor de la vida misma.

Ahora, y si bien ningún soldado quería regresar, tuvieron que obedecer las órdenes de sus superiores y volver a aquella pequeña sucursal del infierno, donde los cuatro dementes, que sólo querían permanecer en el cuarto para recibir más gas, presentaron la fuerza de auténticos poseídos por el Demonio, mostrándose tan salvajes que un soldado falleció cuando uno de los sujetos de prueba le mordió el cuello tan fuertemente que le abrió la yugular, y otro soldado resultó gravemente herido porque uno de los supervivientes le mordió la arteria femoral y los testículos, con tanta rabia que literalmente se los reventó, los soldados tenían la orden de preservar la vida de los sujetos de prueba así que no pudieron dispararle.
Además de estos dos soldados que fueron víctimas por accidente del experimento, cuatro de ellos acabaron suicidándose en las semanas posteriores al nefasto día, sumando cinco los que murieron por causa del experimento sin ser parte del mismo.

Otro caso lamentable fue el de uno de los cuatro sujetos de prueba. El hombre sufrió una hemorragia después de dañarse el bazo cuando intentaba agredir a los soldados; intentaron sedarlo, pero ni siquiera con la dosis de morfina multiplicada por diez se consiguió controlarlo, pues seguía agitándose como un animal salvaje, y hasta logró romperle el brazo y las costillas a uno de los médicos que intentaban ayudarlo.

Habiendo roto los amarres y estando fuera de sí, el sujeto fue acorralado en una esquina de la sala médica por los soldados. Nadie se le acercaba, todos se limitaban a impedir que la bestia humana cometiera más destrozos. “¡Máaaaas, máaaaas!”, gritaba el sujeto, con los ojos desorbitados, la cara marcada por arañazos que se había autoinfligido en su desesperación por el gas, y las manos puestas en un ademán de ira, impotencia y súplica.
Así permaneció por tres minutos enteros en que su corazón latía al máximo posible: “¡Máaaaas, máaaas!”, se escuchaba por toda la sala, primero como un alarido brutal e intimidante, posteriormente como un grito atenuado, después como un murmullo agónico y vencido, y finalmente como una boca abierta de cuyo fondo no salía otra cosa sino el silencio, triste presagio de la muerte que lo tocó cuando se desplomó de improviso.




En cuanto a los tres supervivientes restantes, a éstos se los pudo inmovilizar y conducir a distintas instalaciones médicas: dos de ellos, aún con las cuerdas vocales intactas, no dejaban de vociferar pidiendo gas… El tercero, que era el más herido de los tres, no pudo ser calmado con morfina, pero usaron un sedante distinto que sí lo inmovilizó, aunque su corazón dejó de latir cuando sus ojos se cerraron; posteriormente, en la autopsia, se determinó que sus niveles de oxígeno en la sangre eran anormalmente altos.

Otro de los sujetos, aquel que tenía destruidas las cuerdas vocales, giraba la cabeza en señal de negación cuando plantearon ponerle gas anestésico para llevarlo a la sala de cirugías. Entonces uno de los médicos sugirió no anestesiarlo, y sorprendentemente el sujeto empezó a mover violentamente la cabeza, en señal afirmativa: era increíble, tanto le importaba estar despierto que prefería aguantar el dolor de la cirugía con tal de no dormirse a causa de la anestesia…

Seis largas horas duró la cirugía, dentro de la cual se intentó cubrir los principales daños que el propio sujeto había causado en los órganos de su caja torácica. Según relató una traumatizada enfermera que colaboró con los médicos durante la operación, el paciente sonreía de una manera extraña y enfermiza cada vez que hacía contacto visual con ella. Era como si se complaciera en mostrarle la capacidad que tenía para deleitarse ante su propio tormento, como si eso que le estaban haciendo fuera algo rutinario, algo habitual…

Una vez que la cirugía acabó, el paciente miró al cirujano y empezó a hacer gestos con la boca y las manos, como indicando que quería hablar y que le dieran algo para escribir. Entonces el cirujano tomó un cuadernillo que estaba cerca, y se lo dio junto con un bolígrafo. “SIGUE CORTANDO”, escribió el sujeto, con letras mayúsculas que evidenciaban un pulso tembloroso, producto de un insano estado de alteración emocional.

En cuanto al último de los supervivientes, este fue enviado a la sala de cirugía, donde decidieron operarlo sin anestesia después de ver lo ocurrido con el sujeto antes descrito. En su caso, tuvo que inyectársele un líquido paralizante porque no dejaba de reírse a carcajadas, agitándose tanto que hacía imposible la cirugía sin anestesia.
Gracias al líquido paralizante, se lo pudo operar sin anestesia. Lo único que podía mover eran los ojos, y aún en tan pequeño margen de libertad motriz se evidenciaba la locura, el disfrute ante lo que estaban haciéndole…

Una vez que pasaron los efectos del líquido paralizante, el sujeto volvió a pedir gas, y cuando le preguntaron por qué él y sus compañeros se lastimaban y por qué necesitaban tanto el gas, el hombre se limitó a decir en forma lacónica y con tono de absoluto convencimiento en sus palabras: “Debo permanecer despierto”.




Los dos supervivientes finales continuaron siendo atendidos por los médicos; y, cuando los militares que idearon el proyecto aparecieron y vieron que las cosas no habían salido tan bien como se esperaba, les reclamaron fuertemente a los científicos e incluso ordenaron ejecutar con inyección letal a los dos sujetos de prueba que aún vivían.
No obstante, antes de que se cumpliese la orden de ejecución, el líder de los militares al mando del proyecto, un ex agente de la KGB, volvió a pensarse la decisión inicial y, viendo potencial en los resultados aparentemente desalentadores, ordenó mantener vivos a los dos supervivientes, a fin de ver qué pasaba si los exponían nuevamente al gas que tanto habían pedido y que hasta el momento se les había negado.
Los científicos, traumatizados por su experiencia, se negaron rotundamente y aludieron tanto razones éticas de carácter humanitario, como razones de pura conveniencia personal; aunque, como era de esperarse, el militar impuso su autoridad: “Continúen con el experimento y háganlo bien, si no quieren terminar siendo ustedes los sujetos de prueba”.
Nadie osó reír: sabían que para muchos militares soviéticos no representaba nada acabar con una vida humana, e incluso uno de los investigadores, al escuchar las amenazas del comandante, recordó el caso de su primo Yuri, que murió con una bala en el cerebro por negarse a experimentar con un prisionero de guerra nazi.

Una vez que los dos supervivientes se enteraron de que al fin recibirían el gas, mostraron una alegría inmensa. Hasta el momento, se las habían ingeniado para permanecer despiertos: uno de ellos cantaba una canción; el otro, que tenía dañadas las cuerdas vocales, se la pasaba dibujando y, cuando el sueño parecía vencerle, se mordía la boca hasta sangrar…

Éste último, el mudo, puso una sonrisa de alucinado cuando se enteró de que le darían gas: una sonrisa amplia, simétrica, “de oreja a oreja”, una sonrisa estática, como si estuviese viendo quién sabe qué maravilla inaccesible a la imaginación común…

Antes de ser reintroducidos en la habitación, a los prisioneros se les colocaron medidores de ondas cerebrales. Sorprendentemente, las ondas se mostraban normales casi todo el tiempo, aunque con breves líneas rectas que después desaparecían, y que eran semejantes a las experimentadas durante la muerte cerebral. 

El prisionero que podía hablar, al sentir que se adormecía durante cada intervalo de línea recta, entró en desesperación y comenzó a gritar: “¡El gas, rápido, rápido! ¡El gas, el gaaaas, el gaaaas!”. Conteniendo sus ganas de reír, el comandante ordenó que se cerrara la habitación con los dos sujetos de pruebas y con tres de los científicos. Al escuchar la orden, dos de los científicos sospecharon que los dejarían allí adentro por varios días, pero más se inclinaron a pensar que era algo momentáneo y que además los dos sujetos de pruebas no se mostrarían violentos porque tendrían el ansiado gas; sin embargo, el tercer científico recordó una conversación que había escuchado entre uno de los soldados y el comandante, cuando estaba en el baño y nadie sabía que él estaba allí:

―Dígame, capitán, ¿qué le parece si dejo a algunos de los científicos junto a los locos? Quizá también a ellos les guste el gas, ¿no cree? Sobre todo Ivanov, que ha estado mirándome de manera resabiada, no vaya a ser que se le suba el gas a la cabeza e intente matarme, ¡hahahahahahahahaa!
―Si me lo permite, creo que la medida es demasiado severa, mi comandante. Creo que mejor sería mandarlos a Siberia.
―¿A Siberia? Pero si van a estar bien felices con el gas, ¿no ve que el gas es el sentido mismo de la vida? Quien prueba el gas, no quiere ya nada. Imagínese, capitán, una inhaladita y nunca más sufrirá por dinero, por mujeres, por ideales, ¡por nada! Vamos, no me mire así, estoy bromeando, camarada.

“No, no estás bromeando, bastardo”, pensó Ivanov tras recordar la conversación y entonces, antes de que se cerrara la puerta y llegaran tres soldados que el comandante había llamado por radio, reparó en que el soldado escolta (del comandante) había dejado en una silla su revólver, y temblando de ira lo tomó, le disparó al comandante, después le voló la cabeza al prisionero mudo y se puso en una esquina, apuntando al único sujeto de prueba que quedaba y aprovechando que los otros dos científicos habían huido y el soldado escolta también (que era el capitán al cual había escuchado hablar con el comandante), casi seguramente porque no quería matar ni morir, pues si moría dejaría de ser para siempre (era un marxista en toda regla), y si vivía se sentiría aún más culpable por matar a un hombre de ciencia en nombre de un proyecto perverso, cuyos abominables frutos lo habían hecho replantearse su lugar en el mundo desde el día en que abrió esa puerta maldita y vio a esos cinco engendros, que no podían ser llamados “humanos”, “bestias” o “monstruos”, que eran como cinco espejos crueles y a la vez como cinco preguntas: espejos, porque mostraban lo peor que sabemos de nosotros mismos, eso que se refleja en las maldades que les hacemos a nuestros semejantes; preguntas, porque mostraban algo escalofriante, una parte de nosotros que no conocemos, que solo intuimos levemente, que no nos atrevemos a preguntarnos qué es, pero ahora, en esos cinco ex-humanos, se erguía poderoso e imponía, en cualquiera que lo percibiese, la necesidad de preguntarse qué era “eso”…

“¡No me encerrarán con esta cosa! ¡No contigo! ¡¿Qué eres?! ¡Necesito saber!”, dijo el científico de bata blanca, mirando a “eso” que tenía en frente suyo, esperando una respuesta antes de que lo dispararan o lo detuviesen, cosa que increíblemente no había ocurrido aún.

Con una sonrisa demencial y perversa, tal y como si fuera el portador de un secreto prohibido empañado en decadencia, el prisionero miró al techo, volvió a mirar al científico y le dijo con deleite, queriendo perforarle el alma con la negrura de una verdad encarcelada por la cordura: “¿Tan fácilmente te has olvidado de mí? Somos ustedes, somos la locura que está encerrada en todos ustedes. Somos la locura que ruega por libertad en cada momento de sus vidas, desde lo más profundo de sus mentes animales. Somos aquellos de lo que se esconden en sus camas todas las noches. Somos lo que duermen, silencian y paralizan cuando se van a su cielo nocturno, donde nosotros ya no los podemos alcanzar.”

Todo parece indicar que se trata de un fake pero...  La realidad, supera siempre la ficción.

Nadie habló mientras “eso” hablaba a través del prisionero, excepto el científico que sostenía el arma y, sin poder soportar el Evangelio de la Locura, apuntó al corazón de aquel demente y disparó. “Casi…tan…libre”, le escuchó musitar, sin creérselo porque acababa de destrozarle el corazón y allí, en la sala de control, sus compañeros veían que la pantalla de actividad cerebral no mostraba señal alguna de vida. “Eso” que habló ante el asombro de todos había callado por fin, pero solo en los labios del pobre sujeto de pruebas: en las mentes, de los investigadores, de los soldados, del lector de este creepypasta, “eso” seguirá susurrando en cada uno de nosotros, quizá mostrándose en aquellos breves lapsos que algunos de nosotros tenemos, lapsos en que el gobierno de la razón colapsa ante el peso de la realidad, y la locura, siempre más fuerte que las mayores calamidades de la vida, toma el control con voluntad libertadora…


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domingo, 22 de febrero de 2015

JOTTS. Objetos que aparecen y desaparecen misteriosamente.


El fenómeno nos ha ocurrido a casi todos: dejar un objeto en un lugar durante un corto espacio de tiempo, ir a recogerlo y no encontrarlo para, tiempo después, hallarlo allí mismo o en el sitio mas insospechado. Este tipo de sucesos ya tiene un nombre en parapsicología: JOTTS, fenómenos anómalos, en ocasiones absurdos, que no tienen explicación.




¿Ha tenido la experiencia de perder algo que luego ha reaparecido misteriosamente en otro lugar inusual sin que pueda explicar cómo llegó hasta allí? No se preocupe, no padece usted ningún tipo de demencia ni trastorno de la memoria. Lo que pasa es que “Usted ha sido jottleado”, tal y como reza un anuncio aparecido en la publicación británica The Paranormal Review que busca testimonios de personas que hayan tenido experiencias de este tipo que, no por cotidianas, dejan de parecer “paranormales”.
La parapsicóloga e historiadora Mary Rose Barrington, actual vicepresidenta de la Society for Psychical Research de Londres, ha introducido un nuevo término en el vocabulario parapsicológico que ha tenido una enorme repercusión: jottled. Procede de las siglas JOTT (Just One of Those Things) y, según esta experta, describe fenómenos raros, incluso absurdos, que no se ajustan a ningún modelo explicativo.

Veamos una experiencia típica. Usted está a punto de salir de su casa por la mañana y deja su reloj (o las llaves, las gafas o la tarjeta de crédito) sobre la mesa del recibidor, como hace siempre. Va un momento al baño, pero cuando regresa el reloj (las llaves, las gafas o la tarjeta) ha desaparecido. Usted sabe perfectamente que lo ha colocado sobre esa mesa, incluso recuerda la forma que ha adquirido al ser depositado. Además, está solo en casa y nadie ha entrado ni salido en ese intervalo. Pero, como debe marcharse, deja la resolución del problema para después. Por la tarde, nada más llegar a casa se dedica a buscar el reloj perdido. Busca y busca y, cuando está a punto de renunciar a su intento, usted mismo (o su esposa, o su hija) lo encuentra… en la chaqueta que estaba colgada en el ropero, una prenda que no usaba desde hacía mucho tiempo.
¿Cómo ha llegado el reloj hasta allí?
Aunque parezca cosa de magia, lo cierto es que este tipo de experiencias es mucho más común de lo que creemos.








Teleportación

Mary Rose Barrington, que ha reunido y clasificado numerosos tipos de jotts , explica que el más frecuente es aquel en el que se producen desplazamientos de objetos que pueden ser atribuidos a una especie de “teleportación”.

La investigadora relata una de sus propias experiencias:
“Estando de viaje por Inglaterra y Escocia pasé una semana en Findhorn, donde compré un anillo que me puse en el dedo derecho. Me estaba ajustado, pero no me apretaba y tampoco se salía con facilidad. Fui a Londres, donde me quedaba en casa de unos amigos, y varios días después me desplacé a París para conocer a Tom, el hombre que más tarde se convertiría en mi esposo (ahora estamos divorciados).

Nos habíamos conocido seis meses antes y yo ‘sabía’ que nos íbamos a casar. Cuando regresé a Londres, varios días después, encontré el anillo sobre la cómoda de mi habitación. Le conté a mi amiga que aparentemente lo había perdido, pero ella me dijo que lo había encontrado en el suelo, en medio de la habitación, poco después de mi marcha”. “De regreso en Estados Unidos, Tom y yo fuimos una tarde a la feria estatal de Maryland. Yo tenía puesto el anillo. Pero, una vez más, de repente noté que me faltaba. Insistí en volver sobre nuestros pasos pero, por supuesto, no lo encontré. Sin embargo, cuando llegué a casa el anillo cayó desde el interior de una de las perneras de mis jeans, a pesar de que mientras estábamos en la feria había revisado toda mi ropa.

Después ya no tuve ningún otro percance con él. Pero esas desapariciones fueron un rompecabezas para el cual nunca tuve una explicación”. ¿Pueden ser los jotts un efecto de la teleportación?

Teóricamente, la teleportación permite que un objeto desaparezca de un lugar y aparezca en otro. Pero este fenómeno es imposible desde el punto de vista de la física cuántica, ya que viola el principio de incertidumbre de Heisenberg.


Técnicamente hablando, la teleportación es la reconstrucción de una copia exacta de un objeto original. Pero, según el principio de incertidumbre, el simple acto de observar un objeto lo perturba e impide que sea una réplica perfecta: se produce lo que los científicos cuánticos llaman “colapso”. En 1993, la ciencia demostró que la teleportación perfecta es posible en principio, pero solo si se destruye el original. Sin embargo, todo esto ha cambiado hace pocos años.
En 1997, un equipo de científicos de Austria y Dinamarca lograron teleportar con éxito fotones sin destruir los originales. Otro gran paso se produjo en 1998, cuando un grupo de físicos del Instituto Tecnológico de California (CIT) realizó la primera teleportación cuántica con un alto grado de fidelidad. El equipo del CIT teleportó luz condensada a un metro de distancia. Más adelante, en junio del 2002, científicos australianos teleportaron con éxito un rayo láser.

Estos avances tienen tremendas implicaciones para las nuevas tecnologías de las telecomunicaciones, pero nadie sabe todavía cómo aplicar la teleportación a materiales que tienen masa (los fotones no la tienen). Sin embargo, probablemente es solo cuestión de tiempo que podamos dar el “salto cuántico” y la teleportación controlada de objetos con masa se convierta en una realidad. “Mientras tanto –dice Mary Rose Barrington–, todavía tenemos fenómenos como los jotts, que parecen ser casos de teleportación que desafían toda explicación”.

Consideremos, por ejemplo, los casos de aportes –objetos supuestamente materializados o transportados a lugares distantes a través de la intervención de espíritus– protagonizados por los médiums del siglo XIX (ver Monográfico de MÁS ALLÁ nº56: ¿Podemos hablar con los muertos?). La antigua literatura espiritista es rica en relatos sobre extraños objetos –en ocasiones flores frescas e incluso animales vivos– surgidos aparentemente como de la nada en el transcurso de las séances. Más recientemente, personajes como Sai Baba en la India se han hecho famosos por sus aportes y materializaciones. Sai Baba asegura que él mismo teleporta algunos objetos a grandes distancias. Y en algunos poltergeists también se producen aportes.

El papel de las emociones

“Es posible que exista un tipo de teleportación desconocido para la ciencia”, comenta Barrington, quien añade una nueva variable a esta ecuación. Se trata del estado emocional del sujeto, que, según ella, puede jugar un papel importante en el fenómeno. “La intensidad de la emoción puede ejercer una fuerza que interactúe de algún modo con las propiedades del tiempo y el espacio”, explica. Y nos propone su propio caso como ejemplo: “Yo no tenía un gran apego a mi anillo cuando desapareció, pero sí estaba en un estado alterado por el impacto emocional de mi relación con Tom. La pregunta es: ¿por qué este anillo en particular? No era el único que llevaba; quizá cargué algo de mi intensa energía emocional en él”.

Una opinión que comparte el conocido psíquico Alan Vaughan, quien coincide con Barrington en que esa emoción intensa pudo haber jugado un papel importante en su experiencia. De hecho, la implicación emocional también es parte del ritual mágico que consiste en proyectar una energía mental capaz de provocar algún tipo de manifestación física.

Así, en algunos casos de jotts, un gran disgusto o una frustración provocados por una pérdida pueden influir en el retorno del objeto “extraviado”. Y, según algunas investigaciones, hay también otros estados de ánimo que pueden tener cierta relación con los jotts, como pone de relieve el hecho de que las personas que dedican mucho tiempo a las actividades creativas, la sanación y la meditación sean más propensas a protagonizar este tipo de experiencias.



Mary Rose Barrington no es la única investigadora que ha profundizado en esta cuesión. El parapsicólogo australiano Michael Thalbourne también se ha ocupado del fenómeno, al igual que el doctor Maurice Grosse, conocido investigador de poltergeists en Reino Unido.

Algunos de los casos recogidos por Thalbourne resultan sorprendentes, como el de Rod T., que le relató la siguiente experiencia: “Hace años vivía en una pequeña roulotte. Una noche tuve que salir a coger algo del almacén. Busqué mi billetera antes de salir y me di cuenta de que me faltaba. Revisé la roulotte durante casi una hora. Para entonces ya casi sentía pánico, pues mis salarios de las dos semanas siguientes estaban en esa billetera. Yo sabía que tenía que estar en casa, así que salir a buscarla fuera me parecía demasiado. ¡Pero lo hice! Cuando volví dentro seguí buscando. Revisé de nuevo la sala de estar y la cocina y mientras regresaba a la sala miré hacia la cocina y vi allí, en el suelo, frente a la nevera, mi billetera. Me quedé pasmado. De ninguna manera podía haber pasado por alto esa billetera situada ahí: habría sido la primera cosa que mis ojos habrían visto al volver a la cocina”. “En los últimos años mis gafas, mis llaves y dos libros desaparecieron en mi casa y aparecieron en lugares raros”, relata Amy S., una de las personas entrevistadas por Barrington.

“Cuando me quito las gafas, normalmente las pongo al lado de mi ordenador, pero una vez, cuando volví para cogerlas, habían desaparecido. Las encontré días después encima del refrigerador.
Yo solía atribuir estas desapariciones a las travesuras de mi hijo de catorce años, pero ahora tengo serias dudas al respecto”.

Y, finalmente, estas son dos extrañas experiencias de Martha G.: “Una vez, hace más o menos ocho años, saqué a mi perro y fui al almacén. Yo vivo sola, así que estoy segura de que me metí las llaves de casa en el bolsillo de la chaqueta. Mientras regresaba, ¡no pude encontrar mis llaves! Por suerte tenía otro juego oculto fuera, así que pude entrar. Revolví toda la casa buscando las llaves, pero no las encontré. Incluso volví sobre mis pasos hasta el almacén, pero nada.

Un par de días después, las llaves reaparecieron sobre la mesa de café, un lugar en el que, obviamente, yo había buscado antes. En otra ocasión perdí una pieza de azurita que usaba durante mis meditaciones. No pude encontrarla durante algún tiempo. Pero un día, cuando estaba volviendo a casa, la vi en el suelo, justo frente a la puerta”.

¿Alucinación negativa?

¿Puede un jott ser interpretado como una experiencia de alucinación negativa? A diferencia de lo que ocurre con una alucinación normal, en la que el individuo percibe un objeto que no existe en la realidad objetiva, la alucinación negativa consiste en no ver un objeto que sí está presente. Esta es la explicación que propone Charles McCreery al fenómeno de los jotts.

“El objeto está realmente presente –dice–, pero el individuo no tiene consciencia de él”. Las alucinaciones negativas pueden producirse incluso en el transcurso de una sesión de hipnosis. Puede darse el caso de solicitar al sujeto sometido a hipnosis que no vea un determinado objeto que está en la habitación, una silla, por ejemplo, y que responda como si el mueble no estuviese allí. Pero cuando se le pide que camine por la habitación, rodea la silla y evita cualquier contacto físico con ella. En algunos casos, por lo tanto, parece que hay una disyunción entre lo verbal y la conducta motora. La interpretación de Bernheim es que “en algún punto hay conciencia de la silla”.

Una disociación similar entre la conducta motora y la verbal se observa en el fenómeno de blindsight, en función del cual un individuo que afirma que no puede ver nada puede actuar como si estuviese procesando cierta información. De hecho, el sujeto puede desenvolverse mejor cuando está forzado a adivinar si el estímulo está o no presente en el escotoma (el área ciega) de su campo visual, y puede sorprender con el resultado, sobre todo si al principio se comentó que era una tarea imposible.

Trastornos disociativos

“Hace dos años rompí la correa de mi reloj mientras colgaba una cortina –relata Christopher Wallis, cuyas experiencias jotts han sido analizadas por Barrington–. Entonces dejé el reloj en un estantería y fui a la cocina un momento. Cuando volví el reloj se había esfumado. No lo volví a ver desde entonces. Unos meses después, subí un libro de la biblioteca al dormitorio. Cuando me retiré, momentos después, había desaparecido y finalmente me vi obligado a comprar otro libro. En otra ocasión, puse uno de mis jerseys predilectos en el armario del dormitorio, pero también se esfumó, junto a una chaqueta”. “Estos son los incidentes más recientes –continúa Wallis–. Con el correr de los años he perdido, entre otras cosas, dos teteras chinas, una pintura sin enmarcar y una miniatura de mi abuela. Ninguna de estas cosas tenía un gran valor, pero todas se esfumaron sin dejar rastro y no pudieron haber sido robadas”. Pero no es probable que un problema perceptual sea la única explicación de las experiencias jotts.

De hecho, en algunos casos la disociación puede jugar también un papel en este fenómeno. La disociación se entiende como una ruptura de las funciones de la consciencia, que normalmente están relacionadas con la memoria, la identidad y la percepción del entorno. Por ejemplo, una forma no patológica de amnesia disociativa puede ser encontrar entre las pertenencias propias objetos nuevos que no recordamos haber comprado, así como no saber de qué conocemos a alguien que nos saluda. Hay también casos patológicos, como no saber cómo se ha llegado a un lugar determinado o encontrarse vestido con una ropa que uno no recuerda haberse puesto.

A menudo los jotts también pueden atribuirse a accidentes domésticos, bromas de otras personas, descuidos, desplazamientos en la evocación de un recuerdo (por ejemplo, determinada conducta habitual y repetitiva puede fijar en la memoria un falso recuerdo que se asocia automáticamente a la última vez que fue visto el objeto, cuando en realidad este se dejó en otro lugar) e incluso a explicaciones fantásticas, tales como “duendecillos” a quienes se atribuye el movimiento de los objetos. Pero, cualesquiera que sean las interpretaciones –incluidos un fallo en la percepción, una leve amnesia disociativa o una alucinación negativa–, lo cierto es que el fenómeno está escasamente investigado en psicología.

Para finalizar, Barrington alude a otra curiosa experiencia del señor Wallis. “Un domingo por la tarde –recuerda el propio Wallis– caminé hasta el parque de mi barrio acompañado por un amigo. Era un día nublado, pero con un poco de sol. De regreso a casa oímos un sonido parecido al de la nieve desprendiéndose del techo de la vivienda delante de la que estábamos pasando. Vimos un trozo de hielo blando en el suelo y luego cruzamos la calle para observar mejor el techo, pero no pudimos ver nada. Después, lo que parecía ser un gran trozo de nieve me golpeó en la parte de arriba de los muslos y me empapapó ambas piernas. Continuamos caminando y otro pedazo enorme me golpeó en un lado de la cara, empapando mi chaqueta y mi camisa. Mi amigo dijo que parecía haber salido de ninguna parte. A esa altura yo ya estaba calado hasta los huesos y bastante asustado, pero por suerte mi casa estaba cerca y entramos corriendo. Nunca logré explicarme qué había ocurrido”. Barrington asegura que no hay teoría alguna capaz de explicar sucesos como este.

“Si Wallis no hubiera tenido un amigo como apoyo, su experiencia habría sido difícil de creer, a pesar de la ropa empapada”. “Sentí –añade Wallis– que había sido usado como una especie de blanco, con bolas de nieve apareciendo de la nada y lanzadas con precisión”. Esta y otras experiencias jotts, tan habituales para muchas personas, exigen un mejor análisis de los mecanismos que las provocan, de tal forma que nos ayuden a comprender cómo y por qué operan, para formular un modelo teórico que contribuya a explicarlas.

JOTTS, varias clases diferentes

La parapsicóloga e historiadora Mary Rose Barrington ha creado una clasificación de los jotts. Es la siguiente:

Paseador:
Cuando un objeto desaparece de un lugar conocido y luego aparece en otro sitio inusual sin que se pueda explicar cómo llegó allí.

Retornador:
Es una variante del anterior. Un objeto desaparece de un lugar conocido y luego –a veces minutos y, en ocasiones, años depués– reaparece misteriosamente en el mismo lugar.

Volador:
Un objeto desaparece de un lugar conocido y nunca reaparece. El jott volador puede ser la etapa 1 de un jott paseador con un período de desaparición excepcionalmente largo.

Aparecido:
Un objeto conocido para el observador que está en un lugar no habitual regresa a su emplazamiento normal. Parece ser la etapa 2 de un jott paseador.
Grabados, zapatos, postales navideñas…

Los ejemplos que exponemos a continuación forman parte de los casos reunidos por el parapsicólogo australiano Michael Thalbourne para ilustrar el fenómeno de los jotts.

José María T., restaurador de obras de arte en un museo de Buenos Aires, relata así lo que le ocurrió: “Unos seis meses más tarde encontré dos grabados pequeños en el bolsillo de una cazadora que yo rara vez usaba y guardaba en un ropero de arriba. Pero esos grabados eran parte de un juego que estaba ensobrado y guardado en una caja de mi despacho esperando a ser enmarcado”. José María recuerda que en aquella misma época tenía que dar una conferencia y llevó consigo los grabados, entre otras piezas, para ilustrarla. “Como eran pequeños, fui cuidadoso y anoté dónde los había puesto, junto a numerosas piezas más grandes”.

Cuando llegó a la sala de conferencias los objetos se repartieron en dos mesas, pero las miniaturas no aparecieron por ninguna parte. Después de la conferencia, José María y sus ayudantes revisaron todo cuidadosamente. Pero fue en vano. Inesperadamente, los grabados reaparecieron un año después.
Casualmente un libro de bolsillo de la estantería de mi despacho, ¡cayó el sobre con los grabados intactos! Nadie sabe cuánto tiempo estuvieron ahí, pero lo extraño es que yo le había prestado el libro a un amigo meses antes y su esposa me lo había devuelto cuando asistió a la conferencia, aunque no nos dimos cuenta hasta después de que los grabados habían desaparecido”, explica José María.


Michael Thalbourne también refiere otro caso protagonizado por un matrimonio que acostumbraba a pasear a su perro por un boque cercano al que solían ir en coche. Un día de lluvia, cuando llegaron al bosque decidieron cambiar su calzado normal por unas botas para la lluvia y dejar sus zapatos en el maletero. Sin embargo, cuando regresaron a casa y abrieron la puerta del maletero comprobaron, sorprendidos, que los zapatos de la mujer habían desaparecido. A la mañana siguiente, cuando el marido entró en el garage a primera hora, observó incrédulo que el par de zapatos había reaparecido como por arte de magia.

“¡Ahí estaban –recuerda–, posados pulcramente, uno lado del otro, sobre el capó del coche!”.
El caso de C. F. es también muy curioso. A principios de noviembre de 2007 su esposa fue a buscar a la cómoda unas tarjetas navideñas que habían guardado en el cajón de siempre. Pero no estaban por ninguna parte. Ambos estuvieron buscándolas durante horas sin resultado, hasta que decidieron preparar de nuevo todos los sobres a mano. Un mes más tarde C. F. encontró en el mismo cajón –y muy a la vista– la carpeta con todas las tarjetas presuntamente desaparecidas. “Estoy empezando a preguntarme si mi billetera y la cartera de mi esposa están seguras. ¿Y cómo explico a una compañía de seguros este tipo de pérdidas?”, dice C. F.

El experimento

“¿Ha tenido la experiencia de haber dejado un objeto (por ejemplo, un llavero o un reloj) en determinado lugar, no encontrarlo al ir a buscarlo y tiempo después hallarlo en el sitio donde lo dejó, a pesar de haberlo revisado varias veces antes?”.

Ésta fue la pregunta que planteó el autor de este artículo, el psicólogo argentino Alejandro Parra, a un grupo de 560 estudiantes de Psicología. Los resultados de la encuesta mostraron que el 46% de los participantes había protagonizado jotts varias veces y que las mujeres tenían más experiencias de este tipo que los hombres (11% y 9%, respectivamente). También pusieron de relieve que mientras el 48% de los sujetos consideraba inexplicable este tipo de experiencias, el 47% creía que podían tener una explicación. Solo el 5% se manifestó a favor de una interpretación paranormal del fenómeno.



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